marzo 22, 2023

Armas heráldicas de Cataluña – pag. 54

Aragón no utilizó ninguno de sus titulares esa indumentaria.

Sin embargo, no podemos olvidar que existe un curioso precedente relacionado con los nobles Ramón Berenguer II y III; se trata del cromatismo que ostentaba un guerrero que incordió reiteradamente a los citados. Me refiero al Cid, quien derrotó en dos ocasiones a los catalanes; aunque, al fin, quedó resuelto el problema que ocasionaba el belicoso castellano mediante la boda de una de sus hijas con Ramón Berenguer el Grande.

Conocemos la indumentaria que llevaban los condes barceloneses por el códice «Tractat de batalles», en la que aparecía la cruz en el escudo, gualdrapas. bandera, tejidos, etc.; no las barras. Su rival, Rodrigo Díaz de Vivar, sí parece que utilizó bandas o franjas de esos colores; por lo menos, así lo da a entender un fragmento del Cantar del Cid:

« sobr’ ella un brial primo de çiclatón,
obrado es con oro, parece por o son,
sobr’esto una piel vermeja, las bandas d’oro son,
siempre la viste mío Cid el Campeador »(21)

La transcripción actual sería la siguiente:

*« sobre ella un primoroso manto de seda
bordado en oro, que relumbra por donde está;
sobre ésto una piel roja con las bandas de oro,
que siempre se pone mío Cid el Campeador»(22)

Es fácil, siguiendo el texto, imaginarse al Cid con sus ropas de «piel vermeja y bandas de oro» combatiendo por los pinares de Morella, junto a Tébar (año 1090), contra su enemigo Ramón Berenguer II que luciría profusamente la heráldica crucífera en ropas, armas y escudo.

En fin, este dato que nos dejaron los anónimos juglares de San Esteban de Gormaz y Medinaceli, o la invención de Pere Abbat en 1207, no deja de ser una mera anécdota de escaso valor documental. Pero ¡Dios nos libre! si en el Cantar del Cid se hubiera escrito que el portador de las bandas amarillas sobre rojo era el conde catalán; sería un dogma de fe, incluido en todos los libros de texto. Como no es así, tienen que recurrir a la historieta de Vifredo el Velloso.

La reliquia de Santa Bárbara y el mapa de Cresques: siglo XIV

En el año 1327, poco antes de morir Jaime II, se intentó recuperar las reliquias de Santa Bárbara que se encontraban en Egipto. Encargado de la misión fue Pedro Mijavila, comerciante que asumiría la función de embajador ante el sultán; en el viaje fue acompañado por el francés Guillermo de Bannesmains, enviado de Carlos IV de Francia. Durante la travesía, efectuada a bordo de la nao de un tal Bastida de Barcelona, se sucedieron diversos incidentes motivados por la bandera que debería llevar el barco; por ejemplo:

«a la salida de las Aguas Muertas, enarboló pabellón aragonés solamente, alegando Mijavila que el francés le había quedado olvidado en tierra» (23)

El catalán Mijavila, a bordo de una nave de Barcelona, no duda en denominar aragonés al pabellón o bandera; no sólo a la salida de Aigües Mortes, sino en todo el trayecto. La reliquia no fue recuperada, a pesar de los esfuerzos de Jaime II y Pedro el Ceremonioso; sin embargo, la anécdota nos introduce en el crucial siglo XIV, pues, posiblemente fue en el primer tercio del mismo cuando la heráldica de la Iglesia fue transformándose, a los ojos del pueblo, en símbolo del rey de Aragón.

El estado de la Iglesia fue relegando su heráldica barrada respecto a las enseñas con mitra y llaves de San Pedro. No obstante, las «iglesias periféricas» mantuvieron esta simbología en los actos solemnes; por ejemplo: cuando se comenzó a celebrar en Barcelona la procesión del Corpus, mediados del siglo XIV, las banderas barradas que seguían a la señera de Santa Eulalia eran denominadas «ganfanons», es decir, estandartes de la Iglesia:

«La forma i ordinacio de la dita festa o de la proceso de Cor pore / Primerament totes les tropes.


(21) Cantar del Mío Cid: verso 3.090, se corresponde con el folio 62 recto.

(22) Transcripción de D. Manuel Ruiz Asensio, Caledrático de Paleografía de la Universidad de Valladolid. Cantar del Mió Cid. Ed. en Burgos, 1982, p, 175.

(23) López de Meneses: Pedro el Ceremonioso y las reliquias de Santa Bárbara. Zaragoza, 1962. p. 299.


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