mayo 24, 2024

TRATADO DE LA REAL SEÑERA – pag 37

eran verdes, sin franjas de oro como algunos han dicho (…) Las otras Iglesias tenían también sus Defensores, que son frecuentemente llamados Signiferi Ecclesiarum, los Porta-estandartes de las Iglesias»

Es evidente la relación entre los gonfanones de la Iglesia y la Oriflama, aunque Morery manifiesta tener lagunas conceptuales sobre los «signíferos» o «vexilíferos»; dando a entender que cada parroquia tenía bandera y defensor distinto. Argumento correcto, si se refiere a estandartes encomiásticos de santos patronos particulares de las villas en que estuvieron ubicados los templos; y erróneo si alude al «vexillum» de la Iglesia.

La Oriflama, a pesar de su corta vida histórica, sufrió alteraciones de forma, color y simbología. En una miniatura del siglo XV que representa la batalla de Azincourt (Victoria and Albert de Londres) figura tremolando sobre las tropas francesas dc Carlos Vl; pero sólo muestra dos puntas o colas encarnadas, no las tres de color verde que refería Morery. Tampoco existe ningún bordado sobre la tela de seda roja, sino letras doradas con el nombre de la abadía de «S.Denis», en grafía gótica.

¿Cuándo fue alterada la enseña? Pudo ser después de la batalla de Mons en 1304, al resultar «apresada y destrozada» por los flamencos; aunque un tal Guyar, testigo presencial, afirmara que cl «estandarte perdido era una Oriflama de imitación que el Rey hizo elevar ese día para animar a sus soldados». Quizá el fiel Guyart no fuera muy sincero, y sólo pretendiera mantener íntegro el prestigio de la enseña.

Ni la descripción de Morery ni la imagen miniada inglesa concuerdan exactamente con la Oriflama utilizada en el siglo XII por Luis cl Gordo. Podemos comprobarlo gracias al esfuerzo de un benedictino que, en el siglo XVII se dedicó a recopilar y estudiar documentación de los antiguos reyes de Francia; su obra, publicada en el año 1681, reproduce cartas con grafía, sellos y monogramas que en la actualidad son difíciles de localizar.

En la «tabella XLI» aparece el texto de una misiva de Luis el Gordo, fechada en el año 1118, con la imagen del sello regio. En el anverso, una figura sedente del soberano que imita la iconología clásica; en el reverso, un jinete rodeado por la leyenda «SIGILVM LODOVICI DF.SIGNATI REGIS». El caballero porta la Oriflama de tres puntas o colas, como afirmara Morery, y la superficie de la enseña está ocupada por tres franjas (64), que serían de color amarillo (oro) y rojo (flama) según se deduce del nombre que le dieron los contemporáneos.

El sello de Luis VI, primer portador histórico de la Oriflama, despeja dudas y parece confirmar su origen eclesiástico. Por aquellas fechas, los franceses se sintieron pueblo elegido, llegando su monarca a dejar e1 gobierno del país en manos del abad Suger de S.Denís, durante la ausencia motivada por la 2ª Cruzada.

Respecto a la Oriflama, y cerrando el tema, hay que destacar su constante mención en los libros heráldicos y de literatura caballeresca; así como las variopintas interpretaciones simbólicas que sobre ella se hicieron. Sirva este ejemplo:

«Auriflamma es nombre compuesto, y que el oro significa el Juyzio Final, como lo advierte San Hilario, en el qual Juyzio vendrá Christo in flama, y San PabIo lo confirma; assí que Auriflamma es lo mismo que llama del Juyzio» (65)

El rojo: símbolo de la «España eterna»

Finalizada la Guerra Civil española se publicó una obra destinada a vertebrar con razonamientos históricos los «Símbolos Nacionales» de la España. franquista. El autor, Antonio Mª de Puelles, demostró amplios conocimientos heráldicos, aunque en determinados párrafos defendiera conceptos que rozaban lo absurdo, en su afán por aumentar la longevidad del símbolo más tradicional de la «España eterna».

Por sorprendente que nos parezca, este intelectual – que sin duda podemos incluir entre los «azules» de la posguerra –, dedicó todo su esfuerzo en demostrar que el color rojo era la auténtica simbología de nuestra nación. Sus argumentos recurren al culto del sol


(64) Mabillon, Johannis: DE RE DIPLOMATICA, libri VI. Luteciae Parisiorum, in Palatio Regio. M.D. CLXXXI, p. 427

(65) Martí y Vilademóm, Francisco: Cataluña en Francia, Castilla sin Cataluña y Francia contra Castilla. Barcelona, 1641, p. 86


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