abril 24, 2024

El pendón de la conquista – pag. 120

Las franjas rojas fueron sucedáneo del púrpura imperial, pigmento que se utilizaría hasta la desorganización y división del territorio y la caída del comercio por la inseguridad en rutas comerciales. La consecuente ruralización y aislamiento de las comarcas obligaría al empleo de colorantes más accesibles y baratos.

En el año 382, Teodosio «dispuso que los senadores llevasen las franjas de púrpura»(37). Precisamente fue este emperador quien favoreció la supremacía del cristianismo al prohibir los cultos paganos en Roma: no tiene, por tanto, nada de extraño que los nuevos funcionarios-diáconos de la incipiente Iglesia adoptaran la simbología de barras purpúreas; aunque posiblemente ya no estarían elaboradas con múrex, sino con un pigmento análogo. La dalmática ostentaba dos franjas rojas, como reflejan los textos especializados:

«La dalmática fue en su primeros tiempos una túnica de lana (…) llegaba hasta los pies; tenía mangas largas hasta las muñecas, y muy anchas: exornábanla dos anchas franjas de púrpura» (38)

También hay que descartar que tuvieran una simple función decorativa, ya que los estudiosos observaron que reflejaban mediante su anchura cierta jerarquización. Por tanto, nos encontraríamos con un sistema comunicativo similar al heráldico:

«Los frescos de las catacumbas, los mosaicos, así como las pinturas cristianas en general, ofrecen a cada paso vestidos adornados, según antigua costumbre, de fajas de púrpura(…) más o menos ancho, según el rango o la dignidad de la persona» (39)

Quizá sea este el origen del símbolo que los reyes aragoneses utilizaron durante la Edad Media, aunque olvidaran su procedencia por efecto de los siglos oscuros del primer milenio. Sería algo similar a la legión romana (Legio Séptima Gemina) que generaría por corrupción etimológica el topónimo que, a su vez, daría lugar a la figura del león como símbolo parlante de este reino. Respecto a las barras, parece que el número de ellas indicaría la categoría del personaje; así, por ejemplo, la máxima correspondería a Cristo, con sólo una franja púrpura:

«Así, Nuestro Señor, ya solo, ya cuando enseña, se distingue por una banda de púrpura mucho más ancha que la de los Apóstoles» (40)

Sea verdadera o no la vinculación icónica de las barras al simbolismo imperial o paleocristiano, lo cierto es que Jaime el Conquistador las utiliza en su bandera, aunque fueron dos y no cuatro el número de ellas. Así lo afirma el investigador catalán Lluis Doménech y Montaner (41) después de confrontar sellos, miniaturas y dibujos de la época. Para el no existe parecido entre el supuesto pendón de la Conquista y la enseña del rey Jaime I, de dos barras y terminada en cola de golondrina o de puntas.

El mismo monarca utilizaba como elemento decorativo en su traje ceremonial las dos barras, como muestra su valioso retrato de las «Cantigas de Santa María». El valor documental de esta obra no admite comparaciones con ninguna pintura de época posterior. Fue el propio yerno del Conquistador quien encargó, vigiló y supervisó todo el contenido de los códices, siendo hacia 1260 la fecha probable de ejecución; por tanto, en vida de Jaime I (42). El texto hace referencia a un milagro acaecido en el recién conquistado reino de Murcia, e indica que el soberano retratado es «Jacme d’Aragó». Las dos barras fueron la señal real hasta mediados del siglo XIV. Incluso la rama escindida que reinaba en Mallorca, concretamente con Jaime II(1243 -1311), lo tuvo en cuenta al redactar sus «Lege Palatinae»:

«…de seda amarilla y roja y que formen las armas reales, con cinco fajas, de las cuales tres, es decir, las de fuera y la del medio sean amarillas y las otras dos intermedias rojas» (43)


(37) Manjarrés, José: Arqueología Cristiana. Barcelona, 1967, p. 220

(38) Ibídem. p. 218

(39) Martigny, Abate: Antigüedades cristianas. Madrid, 1894, p. 193

(40) Ibídem. p. 193

(41) Doménech y Montaner, L.: op. cit., p. 94

(42) Cantiga 169. Texto en f. 225 y 226 r. Miniatura en 226 v.; Manuscritos de El Escorial (T. I. 1)

(43) Doménech y Montaner, L.: op. cit., p. 25


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